Karen, tienes razón, no es posible medir el amor, al menos no con la métrica de la distancia, ni tampoco con esa matemática que hace girar todos los números hasta desaparecer. No es posible medir el amor que nos tenemos con microscopios ni telescopios apuntando al corazón, o con cualquier fórmula que pretenda meter la vida en cajoncitos para su análisis; el amor que nos tenemos es tan variable y ligero que puede colarse por cualquier cerradura, imagínatelo como un pájaro con plumaje de viento, o quizá una hoja que se convierte en polvo pero guarda los secretos de todos los árboles.
No es posible medir el amor, es cierto, pero lo que sí es posible es tener la certeza de su vastedad, saber que el amor también es una puerta de brisa que da a la playa, o que el amor es una incesante ola de piel turquesa sobre nuestras manos. Porque nuestro amor palpita sumergido entre corales y peces, nadando entre tortugas de miles de años, dejándose llevar en el cálido tacto de la corriente marina.
El amor que siento hacia ti es tan vasto como un grano de arena que refleja la luz del universo, y sin embargo ese punto cristalino y diminuto, también guarda la totalidad de las tinieblas que somos, porque también cae la noche en nuestro espíritu y en ocasiones un beso es tan nocturno como una mirada de tristeza.
No hay tamaño para el amor, es cierto, por eso cualquier objeto que eligiera podría contraerse o extenderse hasta tomar dimensiones infinitas. No hay tamaño posible para delimitar al amor, porque su aliento es de cascada y nunca será capturable por centímetros. No hay manera de atrapar el perfume del amor, porque la memoria bajo su influjo se vuelve tan efímera que cada recuerdo es un milímetro evaporándose. No hay manera de olvidar el amor, porque cada vivencia se vuelve un fantasma que poco a poco nos habita los años. El amor es la inmaterialidad esencial, y nosotros, al estar próximos, materializamos su ausencia cada que nos entregamos a la música de nuestros cuerpos.
Así vamos por este horizonte de experiencias, entregados al amor pleno en su arrojo, su divinidad y su contradicción, nuestro amor como una isla de palmeras agitándose en el frescor del verano, nuestro amor como la lluvia besando los diamantes, nuestro amor como la sonrisa abierta en una flor de sensación, nuestro amor etéreo y vivo como un ángel, haciendo sonar el susurro de su eco, como diciéndonos al oído “estoy vivo en ustedes”
Sí, amor mío, tienes razón, es imposible medir el amor, y por eso te escribo esta carta sin afán de limitarlo, tan solo escuchando lo que tienen que decir las fibras de mi cariño cuando repito tu nombre. Karen, desde que iniciamos este camino he aprendido tantas cosas junto a ti, agradezco que estés a mi lado y también agradezco que compartamos esta dicha y plenitud que nos acaricia la vida.
En este y los días porvenir, quiero que sepas que TE AMO.