Sintamos la palabra sentir como si fuera una cascada dentro de nosotros, desbordándose a su caída de kilómetros, la cascada más alta del mundo, la cascada que baja por el cielo y se extiende más allá de los planetas, hasta la transparencia de los átomos, neutrinos, y tantos otros organismos invisibles cuyo origen es el agua, esta agua que no deja de caer en gracia para satisfacer nuestra experiencia de sensaciones plenas; sufrir, llorar, reír, cantar, festejar el ritmo de nuestra existencia y hacer sonar los platillos de nuestro corazón, los saxofones de los órganos, las trompetas de los ojos, los oídos abiertos como pianos creando canciones que se vuelven ríos, y desembocan en océanos y saltan, saltan, saltan las olas como notas de una sinfonía que no cesa porque su sonido es el amor, su líquido canto que mana de la fuente absoluta que es el universo, la voluntad infinita de su música.

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